Una mañana que quedó marcada en la historia argentina
El 4 de julio de 1976, en una fría mañana en Buenos Aires, la tranquilidad del barrio de Belgrano R se vio rota por un hecho que sacudió a toda la nación. En la iglesia de San Patricio, los feligreses iban llegando para cumplir con su domingo habitual, pero las puertas estaban cerradas y nadie respondía. Lo que parecía una mañana común se convirtió en una de las peores tragedias del país.
El horror en el interior de la iglesia
Un adolescente, de solo 16 años y organista del templo, intentó ingresar por un costado y escaló hasta una banderola del salón parroquial. Cuando entró, se encontró con una escena escalofriante: los cuerpos de los sacerdotes Pedro Dufau, Alfredo “Alfie” Kelly y Alfredo Leaden y de dos seminaristas, Salvador Barbeito y Emilio Barletti, estaban tirados en el suelo, bocabajo, alineados sobre una alfombra roja. Sobre ellos, había un total de 35 vainas servidas y 15 balas calibre 9 milímetros.
El mensaje era claro y brutal: los atacantes habían dejado pintadas en la pared frases como “Venceremos” y “Viva la Patria”, además de referencias al Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo (M.S.T.M). La motivación del crimen, según se supo después, fue una venganza por una bomba que Montoneros, un grupo guerrillero, había hecho estallar en la Superintendencia de Seguridad de la Policía Federal, causando la muerte de 23 personas.
¿Quién estuvo detrás del ataque?
Lo que parecía un ataque guerrillero fue rápidamente atribuido por la dictadura militar a Montoneros, un grupo insurgente que en ese momento operaba en Argentina. La versión oficial acusó a los elementos subversivos de haber cometido ese acto cobarde, señalando que no tenían Patria ni Dios. Sin embargo, la realidad de lo ocurrido fue mucho más compleja.
Se conoció que en la madrugada, dos jóvenes vieron estacionar autos con varias personas en frente de la iglesia. Uno de ellos, hijo de un general que trabajaba en la provincia de Neuquén, creyó que podían ser un comando guerrillero preparando un atentado contra su padre. La Policía envió un patrullero y, tras conversar con uno de los ocupantes, recibieron un mensaje: “Si escuchás unos cuetazos, no salgas, porque vamos a reventar la casa de unos zurdos”. Poco después, varias personas con armas largas ingresaron a la iglesia, usando silenciadores para evitar ruidos.
Una respuesta que generó más dudas
El ataque fue brutal y planificado, pero la investigación oficial no logró identificar claramente a los autores. El juez Guillermo Rivarola, encargado del caso, fue criticado por no haber considerado elementos clave que podrían haber esclarecido quiénes estaban detrás de la masacre. La falta de pruebas concretas y las versiones contradictorias todavía generan dudas sobre quiénes planearon y ejecutaron ese crimen tan brutal.
El impacto en la Iglesia y la política
Los sacerdotes sabían que su vida corría peligro. Tres días antes, el padre Kelly había escrito en su diario que percibía amenazas y que su vida podía estar en riesgo. Al día siguiente del asesinato, en una misa por los fallecidos, el padre Roberto Favre habló de las desapariciones y pidió por la vuelta a la democracia, en un momento en que Argentina atravesaba una dictadura militar que apenas comenzaba a consolidarse.
Con el paso del tiempo, el caso permaneció en la memoria colectiva y en la lucha por justicia. Incluso, a tres meses del golpe militar, algunos religiosos expresaron públicamente su preocupación por las desapariciones forzadas y la necesidad de regresar al Estado de Derecho.
Medio siglo después, el recuerdo y la búsqueda de justicia
Este sábado, en el aniversario número 50 de la masacre, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, ofició una misa en la iglesia San Patricio, llena de gente que aún recuerda a esas víctimas. En su homilía, destacó que los cinco religiosos “no creían en el mesianismo de las armas, de la violencia o de la opresión”.
Para el arzobispo, estos sacerdotes tenían como única arma el Evangelio y su trinchera era la parroquia, el barrio y la cercanía con los más pobres. También recordó que, a pesar del paso del tiempo, el país sigue clamando justicia y que las lágrimas derramadas hace 50 años no deben ser en vano. La sangre de aquellos religiosos sigue siendo un símbolo de lucha y de la imperiosa necesidad de seguir buscando la verdad y la reparación.




