Un homenaje que trasciende el tiempo

En un día gris de octubre de 1976, en el cementerio de Trelew, se llevó a cabo un acto que quedó marcado en la historia de la lucha por los derechos humanos en Argentina. Raúl Alfonsín, entonces líder de la UCR, pronunció un emotivo discurso frente al féretro de Mario Abel Amaya, un abogado, diputado y militante radical que fue secuestrado, torturado y asesinado por defender sus ideales y a quienes más lo necesitaban.

¿Quién fue Mario Abel Amaya?

Mario Abel Amaya, conocido como “el Petiso”, nació en Dolavon y desde muy joven se comprometió con la política y la justicia social. A los 16 años, ya militaba en campañas políticas, y luego, en Córdoba y Tucumán, se formó como abogado. Regresó a su tierra natal para dedicarse a la docencia y a la defensa legal, especialmente de presos políticos y gremiales durante los años de dictadura.

Su compromiso con la causa social y su lucha contra la represión lo llevaron a participar en actividades peligrosas, como la fuga del Penal de Rawson en 1972 y su posterior detención. La injusticia de su encarcelamiento generó protestas en la región, conocidas como el «Trelewazo», que movilizaron a miles de vecinos en su apoyo. Pese a estar preso, fue elegido para encabezar la lista de candidatos de su partido y, tras su liberación, volvió a su provincia, donde fue recibido con una multitud que lo acompañó en su regreso a la política.

Una vida marcada por la resistencia y el valor

Amaya fue un símbolo de resistencia. En el Congreso, en 1973, juró su cargo y se enfrentó a las decisiones del gobierno de la época, mostrando siempre su postura crítica y valiente. También fue profesor en la Universidad de Buenos Aires, donde compartió aulas con otros referentes, hasta que la dictadura le impidió continuar con su labor académica, en respuesta a su postura contraria a los excesos del régimen.

Su valentía no se limitó solo a las palabras. Cuando fue convocado por el ministro del Interior para explicar las acciones de grupos paramilitares como la Triple A, no dudó en denunciar públicamente sus crímenes y las responsabilidades de las autoridades. Esto le costó ser desplazado y perseguido, pero nunca dejó de luchar por la verdad y la justicia.

El precio de defender sus ideales

Tras el golpe militar de 1976, Amaya tuvo que esconderse y refugiarse en diferentes lugares, siempre bajo la mira de las fuerzas militares. Pese a los riesgos, decidió regresar a su casa en Trelew, confiando en que su lucha valía la pena. Sin embargo, sus perseguidores lo tenían en la mira desde hacía tiempo, y en 1976, fue secuestrado y llevado a la cárcel, donde fue torturado y asesinado.

Su muerte, como la de tantos otros luchadores, fue un golpe duro para la resistencia. Pero su legado quedó plasmado en calles, plazas, escuelas y en la memoria de quienes valoran la lucha por los derechos humanos. El compromiso de Amaya y de otros mártires de la dictadura sigue inspirando a las nuevas generaciones a defender la democracia y la justicia social.

Un legado que no muere

El discurso de Alfonsín en su funeral fue un reconocimiento a un hombre que encarnó los valores de la honestidad, la valentía y el amor por su país. Lo describió como alguien sencillo, sin vanidades, pero con una firmeza inquebrantable en sus convicciones. Alfonsín también prometió que algún día esa lucha sería reconocida, y que en el futuro, una calle o un barrio de esa provincia llevaría su nombre, como símbolo de su legado.

Hoy, más de 50 años después, la historia de Mario Abel Amaya sigue vigente. Su vida y su muerte nos recuerdan la importancia de luchar por lo que creemos, de defender la democracia y de nunca olvidar a los que dieron todo por un país más justo. Porque su sacrificio no fue en vano, y su ejemplo sigue iluminando el camino de la memoria y la justicia.