¡Arrancó la temporada en el Teatro Colón con una propuesta que no deja indiferente!
Este año, el clásico escenario porteño abrió su ciclo lírico con un doblete que desafía lo convencional. En lugar de seguir el orden habitual, la puesta de Hugo de Ana decidió invertir las obras para dejar una marca diferente en el público. La noche empezó con Pagliacci, y eso ya fue un giro interesante, porque en esta versión se busca que el espectador no se confíe. Aquí, el teatro no intenta mostrar la realidad como si fuera la verdad absoluta, sino que se presenta como un artificio consciente, una puesta en escena que sabe que está haciendo teatro.
¿El objetivo? Crear una atmósfera que conecte ambas obras, a pesar de sus diferencias, sin que se vuelvan una sola. Para eso, el escenógrafo y régisseur Hugo de Ana diseñó un escenario que funciona como un set de película, con un disco giratorio que permite cambiar planos y multiplicar acciones en simultáneo. La escenografía, con andamios y estructuras metálicas, da la sensación de un set cinematográfico, reforzando la idea de un espectáculo que se mira a sí mismo.
Una mirada cinematográfica que rompe con lo tradicional 🎬
De Ana se inspiró en el cine para crear una experiencia visual impactante. Pagliacci tiene una impronta claramente influenciada por Fellini, con ecos de La Strada: una compañía ambulante en precariedad, pero llena de dignidad y lucha. Por otro lado, Cavalleria rusticana refleja una Sicilia áspera, marcada por la tradición rural y la posguerra, con personajes descalzos que muestran un mundo duro pero con cierta esperanza.
Visualmente, en Pagliacci la saturación de estímulos puede resultar abrumadora, con figurantes por doquier, mientras que en Cavalleria la propuesta se vuelve más equilibrada, logrando un buen contraste entre imagen y acción. La incorporación de proyecciones, algunas hechas con inteligencia artificial, ayuda a crear un espacio mental más que un lugar físico, reforzando esa sensación de que estamos viendo un teatro que se sabe teatro.
Sin embargo, algunas decisiones, como incluir una secuencia con imágenes religiosas durante el Intermezzo, generaron cierta redundancia. El director parece confiar más en la potencia de la música que en los elementos visuales, y en ese sentido, quizás, menos hubiera sido más.
Vestuario y luces que marcan el tono 🔥💡
El vestuario, en línea con toda la propuesta, es austero y realista, lo que ayuda a entender mejor a los personajes y su contexto social. La iluminación, a cargo también del mismo Hugo de Ana, juega un papel clave: con claroscuros que acentúan la tensión, logrando marcar momentos íntimos y teatrales con eficacia.
¿Y qué pasa con los personajes? La fuerza de la actuación 🎭
En esta función, no hay personajes que encuentren la redención. La violencia y el pesimismo son protagonistas. En Pagliacci, Nedda, interpretada por María Belén Rivarola, muestra vulnerabilidad y fragilidad, aunque en algunos momentos su voz no alcanza toda su potencia. Su papel no termina de explotar del todo, pero logra transmitir esa sensación de indefensión que busca la obra.
En cambio, Canio, a cargo de Denis Pivnitsky, fue uno de los puntos altos: con una voz potente y una actuación convincente, logró transmitir toda la intensidad del personaje, especialmente en Vesti la giubba, uno de los momentos más impactantes. También destacaron Fabián Veloz, como Tonio, que aportó solidez y carácter cínico, y el resto del elenco, que sostuvo bien la puesta.
En Cavalleria rusticana, la Santuzza de Liudmyla Monastyrska se impone con una voz grave y de gran volumen, aunque a veces se notó un exceso sonoro. Yonghoon Lee, como Turiddu, fue firme y decidido, aunque con gestos algo exagerados. La química entre ambos fue uno de los momentos más fuertes, logrando transmitir esa tensión dramática que caracteriza a la obra.
El resto del elenco cumplió con buen nivel, destacándose Veloz en su doble participación y Guadalupe Barrientos en su papel de Mamma Lucia. La dirección musical de Beatrice Venezi, al frente de la Orquesta Estable, supo darle vida a ambas partituras con un enfoque claro y equilibrado, logrando momentos de especial belleza en Cavalleria.
¿El balance final? Una experiencia estimulante y distinta 🎶✨
El resultado final fue una mezcla de contrastes: la crudeza y violencia de Pagliacci frente a la densidad contenida de Cavalleria. La idea no era hacer una síntesis perfecta, sino explorar esa fricción que surge entre ambas obras. La propuesta de Hugo de Ana logra generar un espectáculo visual y conceptual que invita a reflexionar sobre qué es el teatro y qué representa cada historia.
En definitiva, una apertura que rompe con lo convencional y deja una sensación de que el teatro puede ser un espacio de experimentación y diálogo, más allá de las formas tradicionales. Para quienes quieran vivir una experiencia diferente, esta temporada en el Colón promete no defraudar.




